Salimos de aquella histeria hacia otro lugar, huyendo de colmillos de la soledad. Regalada, ofrecí el sabor de aquellos que en albergues se hacen tibios y no llevan al orgasmo ganador. Fue ahí que comprobé que siempre puede haber algo peor, fue así que comprobé que la angustia es prima de la desesperación y que a veces, tal vez, estar sola es mejor y que al cielo no se llega de a dos.